Se levantó, corrió las cortinas y encendió la única lamparita. Una luz cálida llenó la habitación y las sombras se posaron suavemente, sin expectativas, sin reproches. Elina se miró en el pequeño espejo que colgaba de la pared. Tenía los ojos enrojecidos, las mejillas húmedas, pero su rostro ya no reflejaba la resignación que la había acompañado durante años.
Estaba cansada, era cierto. Herida, sin duda.
Pero por primera vez: era ella misma.
Y supo, con una certeza serena, casi santa, que el siguiente capítulo de su vida comenzaba ahora. En un modesto estudio, en una tarde tranquila, lejos del ruido de una familia que nunca había sido realmente suya.
Lo que estaba por venir podría doler. Pero este nuevo y puro silencio le prometía algo que había olvidado hacía tiempo:
libertad.
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