El viaje hasta el pueblo cercano fue corto, pero se sentía en un silencio tan reconfortante como la pausa entre dos capítulos. Cuando aparcó frente al pequeño edificio donde alquilaba un estudio, el sol ya se ponía en el horizonte. Una luz naranja se extendía sobre los edificios y sus manos, como una silenciosa confirmación: había hecho lo correcto.
El apartamento era pequeño, con pocos muebles, pero Elina lo sintió como un palacio: el primer lugar en años donde todo le pertenecía exclusivamente a ella, sin el menor rastro del control de nadie. Abrió la puerta con la llave que llevaba meses guardada en la cartera. Dentro, la recibió el aroma a barniz fresco y madera. Algo se aflojó en su interior: una pequeña y cansada parte de sí misma encontró un momento de descanso.
Se quitó los zapatos, dejó el bolso en el suelo y se sentó en el borde de la cama. El silencio era tan profundo que podía oír su propia respiración. Y entonces, despacio, muy despacio, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. No lloraba por Lukas. No lloraba desde hacía quince años perdidos. Lloraba por sí misma, por la mujer que había permanecido en silencio, apretado los dientes, desaparecido, pero que finalmente había encontrado la fuerza para decir: basta.
El teléfono vibró de nuevo. Y otra vez. Mensajes, llamadas, notificaciones. Elina lo puso en silencio y lo tiró sobre la cama. No quería oír nada esa noche.
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