El mismo girasol recogido en un parque de Lyon, el mismo vestido que su madre guardaba en una caja.
El mismo cartel en la esquina.
El mundo pareció detenerse.
—¿Me oye, mademoiselle Ménard? —preguntó Moreau.
Sofía tuvo que respirar hondo para no desmayarse.
—Lo siento… esta foto…
La mirada de Moreau se endureció. Tomó el marco entre sus manos, con delicadeza, como si sostuviera un objeto sagrado.
—Nunca pensé que volvería a ver esto… —murmuró.
Sofía sintió que se le aceleraba el corazón.
—Esa niña… soy yo.
Moreau cerró los ojos, como confirmando una dolorosa verdad.
—Lo sé.
—¿Cómo…?
Bajó el marco, sin soltarlo del todo.
—Esta foto era de tu madre.
Sofía se quedó sin aliento. —¿Conocías a mi madre?
Su mirada gris se oscureció aún más.
“Tuvimos una aventura hace más de veinte años. Desapareció sin dar explicaciones. Me dejó esta foto… y una carta.”
Abrió un cajón y le entregó la vieja carta.
“Armand, lo siento. No puedo quedarme. Lo que pasó en tu oficina… no lo olvidarán. Nos están vigilando. No quiero que Sofía crezca con miedo. Si alguna vez la encuentras, protégela. No puede saber la verdad.”
“¿Amenaza? ¿Qué oficina?”, preguntó Sofía.
Antes de que Moreau pudiera responder, la puerta se abrió de golpe.
Claire entró, pálida como un papel.
“Amo… tenemos que evacuar. Seguridad informa que un grupo armado acaba de entrar en el edificio. Te buscan a ti… y a Mademoiselle Ménard.”
“¿Me buscan a mí?”, gimió Sofía.
Moreau dio un respingo como si se hubiera escaldado.
“Son más rápidos de lo que esperábamos…”
“¿Quiénes son?”, preguntó Claire.
“De qué huía tu madre”, respondió él, agarrando la mano de Sofía.
Se armó un revuelo en el pasillo.
“¿De qué tenía que huir?” Sofía se estremeció.
Respiró hondo.
“Sofía… no eres solo mi hija. Eres la heredera de un caso que podría destruir a la organización criminal más poderosa del país.
Tu madre robó las pruebas. Las escondió… contigo.”
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