Sofía siguió a Claire, una mujer mayor de rostro amable pero mirada penetrante.
Atravesaron pasillos donde abogados con trajes caros susurraban sobre casos que valían millones de euros.
Era un mundo muy alejado de su realidad, donde cada fin de mes era una lucha para pagar la medicación de su madre.
“El señor Moreau tiene estándares muy altos”, explicó Claire. “Puntualidad perfecta, organización impecable, discreción absoluta. Y lo más importante: nunca interrumpe cuando está en medio de una llamada importante”.
Sofía asintió.
“¿Cuándo puedo conocerlo?”
“Ahora. Te espera”.
El despacho del señor **Armand Moreau** era exactamente lo que esperaba: elegante, imponente, con un enorme ventanal con vistas a todo París.
Estanterías pesadas y oscuras llenaban las paredes; detrás de un gran escritorio, un hombre de 53 años firmaba documentos sin levantar la vista.
Su cabello canoso y cuidadosamente peinado, su traje a medida: todo en él destilaba poder y riqueza.
Cuando finalmente levantó la vista, Sofía sintió un extraño escalofrío.
Sus ojos grises y penetrantes estaban… increíblemente tristes.
—Señora Ménard —dijo con voz profunda—, por favor, siéntese.
Ella obedeció. Moreau le habló de sus expectativas, pero Sofía apenas la escuchó.
Un detalle en el escritorio captó su atención.
Una vieja fotografía enmarcada en plata.
Una niña de cuatro años, con un vestido blanco, sostenía un girasol en la mano.
Era ella.
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