Lo miré una última vez. No con odio. Sino con la calma que da cuando no esperas nada más.
“Sí, se puede”, dije. “Porque esta casa siempre ha sido mía. Simplemente te has acostumbrado a vivir como si yo también te perteneciera”.
Darío abrió la boca, pero no encontró las palabras. Por primera vez, no tenía guion.
Esa noche, volví al ático solo, con un vaso de agua y en completo silencio, y me senté frente a los grandes ventanales. Sevilla relucía. El río Guadalquivir se extendía bajo mí como una cinta oscura.
No me sentí victorioso. Me sentí libre.
Y comprendí que lo más peligroso de la gente como Darío no es que griten. Es que creen que el miedo a los demás es un derecho al que tienen derecho.
Hasta que alguien firma algo… y les quita el piso de debajo.
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