A la mañana siguiente llegó una luz tenue y silenciosa que se filtraba a través de las finas cortinas. Elsa apenas había dormido.

A la mañana siguiente llegó una luz tenue y silenciosa que se filtraba a través de las finas cortinas. Elsa apenas había dormido.

Se sentó frente a ella y, tras un momento, mirando la pantalla de su portátil, le preguntó:

“¿Estás trabajando en algo artístico?”

Elsa dudó un momento, pero respondió con sinceridad:

“Más bien… intento redescubrir lo que realmente me gusta. He olvidado muchas cosas en los últimos años”.

“Lo entiendo perfectamente”, respondió, cerrando el maletín. “Yo pasé por algo parecido. Me llamo Adrián”.

“Elsa”.

Unos minutos después, la conversación fluyó con naturalidad. Ella le contó brevemente sobre la ruptura. Sin amargura, sino con serena honestidad. Adrián le confesó que era fotógrafo de paisajes y que a veces impartía pequeños cursos para principiantes.

“Si la fotografía está en tu lista… quizá valga la pena intentarlo. A veces te abre más de lo que esperas”, sugirió.

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