A la mañana siguiente llegó una luz tenue y silenciosa que se filtraba a través de las finas cortinas. Elsa apenas había pegado ojo. Daba vueltas en la cama, reviviendo cada frase del día anterior, cada mirada fugaz de Tomas, cada acusación sin sentido. Y, sin embargo, para su sorpresa, no sintió el profundo vacío que esperaba. En cambio, apareció una especie de claridad interior, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación sofocante y cerrada desde hacía tiempo.
Al mediodía, salió de casa por primera vez. Caminó hasta un pequeño café escondido en una tranquila calle lateral. Había oído hablar de él antes, pero nunca había estado allí; Tomas consideraba que esos lugares eran «demasiado caros para un café normal». Pero ahora, nadie tomaba las decisiones por ella.
Pidió un capuchino y se sentó en una mesa junto a la ventana. Abrió el documento que había empezado a escribir años atrás. Sus viejas palabras, deseos congelados en el tiempo, cobraron un significado completamente nuevo.
«Disculpe… ¿está disponible este asiento?» Una voz masculina, suave pero segura, habló.
Elsa levantó la vista. Un hombre de su misma edad, de ojos azules y un maletín bajo el brazo, sonreía cortésmente.
“Sí, de nada”, respondió.
Leave a Comment