“¡Claro que te espero, Galina Petrovna!”, rió nerviosa.
Y entonces su suegra hizo algo que le rompió el corazón a Olga. Puso la copa de champán vacía sobre la mesa, se alisó el pelo y anunció en voz alta, para que todos los comensales pudieran oír:
“Y tú, Olenka, no recibirás ningún regalo. No tiene sentido esperar”.
Se hizo el silencio. Tan silencioso que casi se oían las burbujas del champán. Dima empezó a toser, fingiendo atragantarse con el “aceite”.
Olga sintió como si alguien la hubiera apuñalado en el corazón, no una, sino varias veces.
“¿Disculpa, Galina Petrovna? No entendí…”, logró susurrar.
Su suegra saboreó el momento.
¿Qué no entiendes, Olga? No significas nada para mí. Eres la esposa de Dimotchka, no eres mi familia. Y esta fiesta es para mis seres queridos, para los míos. Irina, eso es otra historia. Ella es como una hija para mí. Y tú… solo eres una más de las personas que viven aquí. No tengo por qué gastar dinero en ti. Una nuera no es familia.
Ese golpe fue directo al plexo solar. Olga sintió que le ardían las mejillas, y las lágrimas… ya estaban ahí, justo debajo de sus párpados, a punto de derramarse. Por fin, Dima pareció despertar.
¡Mamá! ¡¿De qué estás hablando?! —intentó reír, dándole a todo un tono juguetón—. ¡Exageras!
¿Yo? ¿Exagerando? —Galina Petrovna hizo una mueca—. ¿Qué? ¿Se supone que estoy equivocada? Dima, ¿te da vergüenza decir la verdad?
Olga miró a su marido. Estaba pálido. No se levantó, no le tomó la mano, no dijo: «Mamá, discúlpate o nos vamos». Estaba encorvado, lanzando miradas suplicantes a su madre. Pasividad. Esa era la palabra que odiaba en ese momento.
Esa mirada, esa debilidad, fue la gota que colmó el vaso. Olga sintió que algo se rompía en su interior. Como si un resorte, demasiado estirado, acabara de romperse.
Se enderezó. La sonrisa más fría que poseía apareció en su rostro. Miró directamente a los ojos de su suegra, esos ojos siniestros y satisfechos:
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