Me quedé allí, con el teléfono en las manos. Era mi viejo Samsung, rayado por detrás, el que le había regalado a Lila solo para que jugara sin conexión y viera fotos de gatitos.
“Lila… mi amor… ¿qué hiciste?”, pregunté en voz baja, como si alzar la voz fuera a romperlo todo de nuevo.
Respiró hondo, seria como una adulta en miniatura.
“Mamá, no quise asustarte. Pero la tía Ashley y Jake eran raros. Y… te escuché.”
“¿Escuchaste… cómo?”
Lila se sentó a mi lado y me mostró la pantalla. Una sencilla aplicación de grabación de audio estaba abierta. Y debajo… una lista de archivos con fechas y horas. Docenas.
Se me hizo un nudo en el estómago.
“¿Los grabaste?”
“Sí… sin que lo supieran”, dijo, bajando la mirada. “Lo siento, mamá. Pero pensé… si estaban haciendo algo malo, necesitábamos pruebas.”
Sentí ganas de llorar de nuevo, solo que ahora las lágrimas eran calientes, extrañas: miedo y orgullo mezclados.
“Lila… esto es… esto es muy serio.”
Leave a Comment