Sonó el teléfono.
“Mamá, qué bien que ya estés instalada”, dijo mi hijo Álvaro, con ese tono apresurado que usa cuando ya ha tomado una decisión. “Oye, pensábamos irnos todos a casa este verano. Laura, los niños… Y sus padres también. Como es grande, tiene sentido”.
Me quedé en silencio unos segundos, mirando el mar por la ventana.
“Claro…”, respondí finalmente.
“Genial. Y para que estemos más cómodos, puedes usar la habitación pequeña de atrás. La habitación principal nos viene mejor con los niños, ¿sabes?”.
“Ya sabes.” Como si fuera lo más lógico del mundo.
Tragué saliva y sonreí, aunque no podía verme.
“Sí, hijo mío. No te preocupes. Yo me encargo de prepararlo todo”.
Colgué y me quedé inmóvil en medio del salón. Miré las paredes recién pintadas, las cortinas que yo misma había cosido, el dormitorio principal donde por fin había dormido sin llorar. Algo dentro de mí se endureció, como el yeso una vez que se seca y ya no se puede remodelar.
Trabajé sin parar durante tres semanas antes de que llegaran. Moví muebles, vacié armarios, desarmé cosas que había armado con esperanza. Cuando por fin aparcaron frente a la casa y salieron riendo, yo ya estaba sentada en el porche, esperándolos.
“¡Mamá!”, gritó Álvaro, cargando con las maletas. “¡Estamos deseando ver la casa!”.
Abrí la puerta y los dejé entrar primero.
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