Un hombre rico fingió estar dormido para poner a prueba a su tímida criada.

Un hombre rico fingió estar dormido para poner a prueba a su tímida criada.

Pasaron los días, y esta “prueba” se convirtió en una costumbre para Aarav.

Todas las noches fingía dormir, y todas las noches Ananya hacía lo mismo: lo cubría, apagaba la linterna, le decía algo bonito y se iba.

Una noche, Aarav no pudo soportarlo más. Cuando ella se dio la vuelta para irse, abrió los ojos de repente.

“¿Por qué haces esto?”, preguntó en voz baja.

Ananya se quedó paralizada. “S-señor… ¿estaba despierto?”

“Estaba fingiendo”, admitió, avergonzado. “Quería ver quién eras realmente”.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. “Así que me estabas poniendo a prueba…”

Aarav bajó la cabeza. “Pensé que todos querían algo de mí. Pero tú… tú solo dejas flores”.

Ananya sonrió con dulzura. “Porque alguien me dijo una vez: cuando te escondes tras los muros de tu riqueza, estás rodeado de cosas, no de personas”.

Aarav guardó silencio. Por primera vez en años, alguien le habló con tanta sinceridad.

Esa noche, hablaron durante horas: sobre su aldea, la lluvia, el olor a roti caliente y vidas inconclusas.

Por la mañana, incluso el frío silencio del palacio pareció desvanecerse.

El palacio empezó a cambiar. Sus frías luces parecían más cálidas. Aarav volvió a sonreír.

Empezó a preguntarle su opinión a Ananya: “¿Es bonita esta canción?”, “¿Te apetece un té?”.

Lentamente, sin decir palabra, algo surgió entre ellos: confianza, y quizás un poco de amor.

Un día, Aarav vio un montón de capullos de caléndula secos cerca del jardín.

“¿Por qué los estás recogiendo?”, preguntó.

Ananya respondió: “Porque incluso la flor más sencilla puede alegrarle el día a alguien”.

Pero como en todas las historias, se desató una tormenta.

Uno de los socios de Aarav empezó a chismorrear: «Esa chica te está seduciendo. Quiere tus bienes».

Y por un instante, Aarav lo creyó. Ese instante lo arruinó todo.

A la mañana siguiente, Ananya no llegó. Había una carta sobre la mesa:

«No se preocupe, señor. Me dio tanto: respeto, confianza. Pero ahora es hora de irme, antes de que me convierta en una sombra más en su historia. —Ananya».

Aarav la buscó durante semanas, pero en vano.

Meses después, mientras visitaba un pequeño pueblo de Uttarakhand por negocios, vio una panadería: «La Caléndula de Ananya».

Entró. Ananya estaba allí: con las manos manchadas de harina, la misma sonrisa amable.

Al verlo, dejó caer el rodillo. «Pensé… que nunca volverías», susurró.

Aarav dio un paso adelante y sacó una caléndula seca de su bolsillo.

“No me quitaste nada, Ananya… pero sí me robaste algo: mi miedo. El miedo a sentir.”

Ananya sonrió, con lágrimas en los ojos. Esta vez, Aarav no fingía dormir.

Se quedó allí, completamente despierto, mirando fijamente a la única persona que lo había despertado.

La panadería olía a canela y azúcar moreno. Aarav se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.

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