Pero una noche, mientras comía solo junto a la chimenea, la oyó tararear en el pasillo.
Era una vieja canción de cuna, de esas que las abuelas les cantan a los niños para ayudarlos a dormirse.
Su voz temblorosa transmitía una extraña paz. Esa noche, Aarav durmió profundamente por primera vez en meses. Unos días después, su amigo bromeó:
“Hermano, ten cuidado con tu nueva criada. Nunca se sabe qué se esconde tras una cara dulce”.
El comentario inundó su mente con viejos venenos. Decidió: pondría a prueba a Ananya.
Una noche, se tumbó en el sofá de la sala, fingiendo dormir.
Dejó deliberadamente su reloj más caro, una cartera abierta y algo de dinero en efectivo sobre la mesa.
Como de costumbre, Ananya entró tarde por la noche para limpiar. Alrededor de las once, la puerta se abrió silenciosamente.
Ananya entró descalza, con el pelo recogido y una pequeña linterna en la mano.
Se movía lentamente, como si temiera despertar el silencio que se escondía tras los muros del palacio.
Aarav mantenía los ojos entreabiertos, conteniendo la respiración, fingiendo dormir.
Había esperado un poco de codicia: una mirada al dinero, un atisbo de vacilación, un error.
Pero lo que vio le entristeció.
Ananya ni siquiera miró el dinero. Caminó directamente hacia Aarav, se inclinó y lo cubrió con el chal.
En un suave susurro, dijo:
“Ojalá no te sintieras tan solo…”
Se quedó allí un momento y luego cogió el reloj de la mesa.
El corazón de Aarav dio un vuelco, pero Ananya simplemente limpió el reloj con un pañuelo de papel, lo pulió y lo volvió a dejar exactamente donde estaba.
Antes de irse, dejó algo sobre la mesa: una flor de caléndula seca y una nota doblada.
Aarav esperó a que ella saliera de la habitación. Entonces abrió la nota. Decía:
“A veces, quienes lo tienen todo necesitan un poco más de humanidad”.
Esa noche, no pudo dormir. Esa frase se repetía en su cabeza, derribando muros dentro de sí mismo que ni siquiera sabía que existían.
Al día siguiente, vio a Ananya por la ventana, lavando las ventanas en silencio.
Cada uno de sus movimientos transmitía sinceridad: sin ostentación, sin avaricia.
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