Esa mañana, el viento era gélido, de esos que se te meten por debajo del abrigo por mucho que lo abroches. Caminaba con mi hija por Maple Street, de la mano, intentando no pensar en el aviso de alquiler atrasado que guardaba en el fondo del bolsillo. Ese día debería haberme dado esperanzas (su quinto cumpleaños estaba a solo tres días), pero solo sentía el peso de la situación. “¡Mamá, mira!”.
Lily me soltó y corrió hacia el escaparate de Toyland. Apretó las manos contra el cristal, mirando fijamente el interior. Entendí al instante qué la había detenido. Esa muñeca, de la que llevaba semanas hablando, estaba en el centro del escaparate como un personaje de cuento de hadas. Cabello rubio suelto, un vestido de encaje que parecía hecho a mano, ojos de cristal tan realistas que parecían a punto de parpadear.
Lily susurró alegremente: “Sigue aquí”.
Me arrodillé a su lado, fingiendo que no se me rompía el corazón. “Es preciosa”, susurré, acariciando un mechón de su pelo. —Quizás algún día.
Lily asintió despacio, con cautela. Eso es lo que hacen los niños cuando quieren parecer más valientes de lo que son.
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