Dos semanas después, recibí una llamada telefónica del fotógrafo.

Dos semanas después, recibí una llamada telefónica del fotógrafo.

No hubo felicitaciones ni bromas, solo tensión.
Me pidieron que no se lo contara a nadie, y menos a mis padres.
Había algo en su tono de voz que difícilmente podría confundirse con banalidad.
En ese momento, sentí un escalofrío. Los fotógrafos vemos más de lo que imaginamos. No solo las sonrisas y miradas posadas, sino también esos breves momentos en que un rostro revela la verdad. Por eso lo elegí para nuestra boda: tenía un talento natural para capturar la autenticidad.

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