“Por favor, alguien bueno cuide a este niño.
Se llama Iktan.”
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Don Eusebio no tenía nada: ni casa, ni dinero, ni familia.
Solo tenía unas piernas cansadas y un corazón que aún sabía amar.
Aun así, cargó al niño y lo crió con lo poco que encontraba: pan duro, sopa regalada, botellas recicladas.
Siempre le decía a Iktan:
—Cuando crezcas y si algún día encuentras a tu madre… perdónala. Nadie abandona a su hijo sin que le duela el alma.
Iktan creció entre puestos ambulantes, mercados callejeros y noches frías bajo el puente. Nunca supo cómo era su madre.
Don Eusebio solo le contó que, cuando lo encontró, el papel tenía una mancha de labial y un cabello largo enredado en la pulsera.
Él pensaba que su madre era muy joven… tal vez demasiado joven para criar a un hijo.
Un día, Don Eusebio enfermó gravemente de los pulmones y fue llevado a un hospital público.
Sin dinero, Iktan tuvo que salir a pedir comida más que nunca.
Aquella tarde escuchó a la gente decir que en una mansión de Polanco se celebraba la boda más grande del año.
Con el estómago vacío y la garganta seca, decidió intentar suerte.
Se quedó tímidamente cerca de la entrada.
Las mesas rebosaban de comida: mole, carnitas, pan dulce, refrescos fríos.
Una ayudante de cocina lo vio, sintió lástima y le entregó un plato caliente.
—Siéntate allá y come rápido, niño. Que nadie te vea.
Iktan dio las gracias y empezó a comer, mirando hacia el interior.
La música de mariachi, los trajes elegantes, los vestidos brillantes.
Pensó en silencio:
¿Mi mamá vivirá en un lugar así…
o será pobre como yo?
Entonces, la voz del maestro de ceremonias resonó:
—¡Con ustedes… la novia!
La música cambió.
Todas las miradas se dirigieron a la escalinata adornada con flores blancas.
Y allí apareció ella.
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