Ella llevó a su esposo ciego al bosque… Y lo dejó allí, sabiendo que no podía volver solo. Pero lo que ocurrió esa noche nadie en el pueblo lo podía creer.

Ella llevó a su esposo ciego al bosque… Y lo dejó allí, sabiendo que no podía volver solo. Pero lo que ocurrió esa noche nadie en el pueblo lo podía creer.

La leña dejó de acumularse en el patio. El dinero comenzó a faltar. Y algo más empezó a romperse: la ternura.

Miguel no necesitaba ojos para entenderlo. Lo oía en los suspiros largos. En los pasos rápidos. En el silencio de la cama por las noches.

—No puedes ni servirte un vaso de agua —le dijo un día.

No lo gritó. Y eso dolió más.

Miguel tragó saliva. El orgullo se le hizo piedra en el pecho. Sabía que dependía de ella. Sabía que era una carga.

Pero una cosa es saberlo… y otra es sentirlo todos los días.

Hasta que llegó aquella mañana de octubre.

El aire estaba frío. El cielo —según le dijeron después— gris.

—Vamos al bosque —dijo Gloria—. Te hace falta aire.

Hacía meses que no le proponía nada. Ese gesto encendió en Miguel una esperanza torpe, casi infantil.

Caminaron por el sendero de terracería. El crujido de las hojas era familiar. El olor a pino también. Pero siguieron avanzando. Más de lo habitual.

El suelo se volvió irregular. El silencio más denso.

—¿Ya estamos lejos? —preguntó Miguel.

—Un poco más.

Sin calidez.

Finalmente se detuvieron.

—Siéntate aquí. Voy a traerte agua del arroyo.

Miguel obedeció.

Escuchó los pasos alejarse.

Esperó.

El viento sopló entre las ramas.

—Gloria…

Silencio.

—¡Gloria!

Nada.

Entonces lo entendió.

No con los ojos.
Con el alma.

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