En un pequeño pueblo del estado de Oaxaca, donde las tardes huelen a leña y el polvo del camino se pega a los zapatos, vivía Miguel Salgado.
Antes de la oscuridad, Miguel era fuerte. Leñador. Hombre de manos duras y risa amplia. Su hacha caía firme sobre los troncos y su voz llenaba la plaza los domingos. No era rico, pero era respetado. Y eso, para él, era suficiente.
Hasta que la enfermedad llegó.
Primero una neblina.
Luego sombras.
Después, nada.
El médico en la capital fue claro: no volvería a ver.
Lo peor no fue perder la vista.
Fue sentir que el mundo siguió caminando… sin él.
Su esposa, Gloria, al principio fue paciente. Le describía el atardecer, le acomodaba el plato, le decía: “Aquí estoy contigo”.
Pero los meses se hicieron años.
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