Levantó la vista. “Si quieres hablar de psicología, habla. Pero no desde una posición superior. Porque no soy un proyecto de terapia”. Asintió. Vacilante. Pero asintió.
Tomé un trozo de pan limpio. Saqué una segunda lata de caviar, más pequeña, del refrigerador. La abrí. “Ahora”, dije con calma, “terminemos de cenar. Antes de que se quemen las zanahorias”. Y por primera vez esa noche, nos sentimos un poco apretados en la mesa. Pero sinceramente. Y de verdad.
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