Detrás del velo rasgado se esconde un secreto que ha destrozado a una familia.

Detrás del velo rasgado se esconde un secreto que ha destrozado a una familia.

Estaba a punto de rogarle, de suplicarle que parara, cuando una voz gélida pero extrañamente familiar atravesó el caos como un cuchillo afilado.

La voz que destrozó mi mundo.

La voz provenía de la puerta de la habitación, justo detrás de las enfermeras que intentaban separarnos.

Artículo recomendado: El secreto millonario del testamento: Un bebé revela la verdad oculta en la lujosa villa del empresario.

Era una voz con una calma aterradora, casi surrealista, que parecía fuera de lugar en medio de la violencia.

Con innegable autoridad, esta voz ordenó: “¡Sofía, quita las manos de mi hija!”.

Mi hija. Esas dos palabras resonaron en mi mente, un sonido confuso en medio de mi aturdimiento.

¿De quién hablaba? ¿Era Sofía su hija?

La mujer que me había atacado se quedó paralizada.

Su cuerpo, antes un manojo de rabia, se tensó, sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa al oír la voz. Las enfermeras aprovecharon el momento de parálisis para apartar a Sofía de mí con dificultad.

Me ayudaron a ponerme de pie; mi cuerpo temblaba incontrolablemente.

Mi mirada se posó en la figura que acababa de entrar.

Era doña Clara, la madre de Mateo, mi suegra.

Su rostro, normalmente amable y sonriente, estaba impasible; sus ojos oscuros estaban fijos en Sofía.

Sofía, su hija. La hermana de Mateo.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sofía era la hermana de mi compañero.

¿Pero por qué me había atacado? ¿Y por qué doña Clara la llamaba “mi hija” con tanta frialdad, como si la reprendiera por una travesura infantil en lugar de un ataque brutal?

La confusión me invadió.

Doña Clara se acercó a Sofía, que ahora estaba sujeta por dos enfermeras.

No la miró con cariño, sino con una mezcla de decepción y rabia contenida.

“¿Qué crees que estás haciendo, Sofía?”, preguntó Doña Clara, con una voz apenas más que un susurro, pero llena de una autoridad que me heló la sangre.

Artículo recomendado: La deuda millonaria de un magnate: El milagro del pozo y el testamento olvidado. Sofía, con la cara roja, intentó zafarse. “¡Mamá, no lo entiendes! ¡No puede tener a este bebé! Mateo es un…”

Doña Clara la interrumpió, levantando la mano en un gesto silencioso.

“¡Basta! ¡No digas ni una palabra más!”

Miré a Doña Clara, luego a Sofía y de nuevo a mi estómago.

Sentí un dolor, no físico, sino emocional.

Para ver los tiempos de cocción completos, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>), y no olvides COMPARTIR con tus amigos de Facebook.

back to top