La tarde cayó lentamente y un silencio opresivo invadió el apartamento. Emma estaba sentada en el sofá con una taza de té caliente en las manos temblorosas. Quería llorar, pero las lágrimas no le salían. En cambio, una determinación extraordinaria crecía en su interior.
El teléfono vibró. El mensaje:
“Helena. ¿Puedo pasar un momento?”
Emma sonrió levemente.
“Por supuesto”, respondió.
Una vecina se acercó con una pequeña cesta de galletas.
“Pensé que te vendría bien algo dulce. El azúcar calma los nervios”, le guiñó un ojo.
Emma rió por primera vez en días.
“Helena, gracias. Qué rico”.
La mujer se sentó a su lado.
“Sabes, cariño”, comenzó con dulzura, “los hombres criados por madres dominantes tienen un camino más largo para comprender lo que es el matrimonio. Algunos lo consiguen. Otros… nunca”.
“¿Crees que Leon lo entenderá?”, preguntó Emma en voz baja.
Helena se encogió de hombros.
Creo que te ama. Y creo que esta es la primera vez en su vida que alguien le pone un límite real. Eso asustaría a cualquiera.
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