Kaden apretó la mandíbula. “Señora, la política es la política”.
Antes de que pudiera decir nada más, la puerta de la trastienda se abrió.
El dueño, Vincent, un hombre de unos cuarenta años con la mirada cansada, salió, y al instante percibió la tensión. “¿Qué pasa?”
“Intenta usar una tarjeta de veterano obsoleta”, dijo Kaden, desestimando el asunto.
La mirada de Vincent se posó en la tarjeta que Arthur aún tenía en la mano.
Dio un paso más cerca.
Luego otro.
Su rostro palideció.
Ya no miraba a Arthur. Estaba observando la foto descolorida de la tarjeta plastificada.
Su voz se convirtió en un susurro.
“¿De dónde la sacaste?”
Arthur siguió su mirada hasta la foto: un hombre increíblemente joven, congelado en el tiempo.
“Era mi amigo”, dijo Arthur en voz baja.
Vincent tragó saliva con dificultad. “Ese hombre… se llama George Bennett.”
Arthur asintió. “Sí.”
Vincent perdió la compostura. “Era mi padre.”
Las palabras le cayeron como un peso. Arthur lo miró fijamente, viendo ecos de George en los ojos del hombre: la misma curva, la misma expresión.
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