Noah nunca le preguntó por qué no hablaba. No la miró con lástima. La trataba como a una niña normal.
Al irse, Eva lo saludó con un entusiasmo que nadie le había visto antes.
“¿Jueves?”, preguntó.
Eva asintió con vehemencia.
Y así empezó.
En las semanas siguientes, Noah se convirtió en parte de sus vidas. Le enseñó a Eva “música de botella”. Ella le enseñó piano. Crearon su propio lenguaje de gestos, miradas y bromas compartidas.
Y entonces, un día, mientras Noah hablaba de su difunta madre y de cómo la alegría siempre llega por la mañana, Eva le entregó un dibujo: dos personas tomadas de la mano. Sobre ellos, una sola palabra, escrita varias veces: “Amigo”.
Respiró hondo.
“Feliz”, susurró.
La palabra quedó suspendida en el aire como un milagro.
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