Nadie la siguió.
Cerró la puerta, le puso llave y luego retiró la sábana de la cama. Con cuidado. Metódicamente. Extendió una toalla gruesa sobre el colchón y se sentó en el borde, encorvada.
Lucas se acercó más a la pantalla.
Maya se arremangó.
Luego sacó la jeringa.
El corazón le latía con fuerza en la garganta.
Se inyectó lentamente, apretando la mandíbula, mientras las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas. Un momento después, apareció sangre en la toalla. Una gota saltó de la toalla y cayó sobre la sábana.
Maya presionó la frente contra las rodillas y susurró:
“Solo un poco más… por favor. Aún no puede saberlo”.
Lucas no podía respirar.
Esto no era traición.
Esto era sufrimiento.
Las sábanas “sucias” no ocultaban a la otra persona.
Ocultaban su dolor.
Lucas no esperó a la mañana.
Condujo a casa en la oscuridad, con las manos temblorosas sobre el volante.
Maya estaba en la lavandería cuando entró, doblando sábanas recién lavadas. Se sorprendió al verlo.
“Has vuelto temprano”, dijo con una sonrisa forzada. “¿Sucede algo?”
Lucas cruzó la habitación y la abrazó.
“Lo vi”, susurró. “Siento no haberlo visto antes”.
Su cuerpo se tensó. Todo su espíritu de lucha se desvaneció en un instante.
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