Nos abrazamos brevemente, con cierta incomodidad, pero con sinceridad. Sabía que algo se había cerrado dentro de ambos, como una herida que por fin había sanado.
Esa noche, David preguntó:
“Mamá, ¿por qué lloró un poco la abuela en el parque?”.
Sonreí.
“Porque a veces, cariño, cuando aprendes a dejar atrás el pasado, las lágrimas ya no duelen. Simplemente lavan lo sucio”.
David asintió.
“Qué bueno que ya no estemos tristes”.
“Sí”, respondí, abrazándolo. “Por fin no lo estamos”.
Leave a Comment