Amelia abrazó a su hija y miró a Eduardo sobre su cabecita. No necesitaban millones. No necesitaban poder. Tenían algo que el dinero de los Reyes nunca pudo comprar: tenían verdad, y se tenían el uno al otro. Eduardo salió al porche esa tarde y miró el mar. Las olas que un día le parecieron una barrera mortal, ahora eran música. Habían atravesado la oscuridad más profunda para encontrar su propio amanecer. Y mientras veía a su esposa y a su hija reír mientras intentaban atrapar una gaviota en la playa, supo que había tomado la decisión correcta.
A veces, para construir el paraíso, primero tienes que tener el coraje de quemar el infierno en el que vives. Y Eduardo, con una sonrisa tranquila, supo que finalmente, habían llegado a casa.
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