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De repente, escuchó pasos en la escalera. Victoria. Eduardo apagó la linterna y se escondió tras un estante. Victoria entró, hablando por teléfono en voz baja y urgente. “Él está sospechando. Lo veo en sus ojos. Si averigua que está en la isla, todo se acabó… Sí, hazlo esta noche. Asegúrate de que no pueda salir de la mansión mañana”.
Eduardo esperó a que ella saliera, con el corazón latiéndole en la garganta. No podía esperar a la mañana. Tenía que irse ya. Subió a la habitación de Sofía, la despertó suavemente y le dijo: “Hija, vamos a ir a una aventura. Tienes que ser muy silenciosa”. Sofía, confiando ciegamente en su papá, asintió y agarró su osito de peluche.
Bajaron al garaje, pero cuando Eduardo intentó encender su auto, el motor estaba muerto. Cables cortados. Victoria no estaba bromeando. Estaban atrapados. Miró a su alrededor y vio la vieja camioneta de jardinería. Nadie se molestaría en sabotear esa chatarra. “Sube, rápido”, le dijo a Sofía. Lograron salir de la propiedad justo cuando las luces de la casa se encendían y los gritos de alarma de los guardias de seguridad resonaban en la noche.
La huida fue frenética. Eduardo condujo por caminos secundarios, evitando las autopistas donde sabía que los contactos de su padre lo rastrearían. Llamó a Alan, su abogado y único amigo leal. “Alan, necesito un avión. Ahora. No preguntes. Solo consígueme un vuelo a Maine. Mi esposa está viva”. Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de un firme: “Te veré en el aeródromo privado del norte en 30 minutos. Voy armado con documentos legales y, si es necesario, con algo más”.
El viaje hacia la costa fue una carrera contra el tiempo. Un coche negro los seguía a la distancia, pero Eduardo logró perderlo entrando en un camino de tierra. Al llegar al pequeño aeropuerto, Alan ya estaba ahí, junto a una avioneta con los motores encendidos. “Toma esto”, dijo Alan, entregándole un archivo. “Es una orden judicial de emergencia. Si la policía local intenta detenerte, esto te dará tiempo. Yo me quedaré aquí para frenar a tus padres y a sus abogados. Ve por ella”.
El vuelo hacia Maine fue tenso. Sofía dormía en el asiento del copiloto, ajena a que volaban hacia una resurrección. Al aterrizar en la costa, el clima era terrible. Una niebla espesa cubría el mar y las olas golpeaban con furia. Ningún ferry estaba operando hacia la isla Santa Elena. “Tengo que cruzar”, le dijo Eduardo a un viejo pescador en el muelle. “Le pagaré lo que sea”. “No es por dinero, hijo. Es suicida con esta niebla”, respondió el anciano. Pero al ver la desesperación en los ojos de Eduardo y a la niña abrazada a su pierna, el hombre suspiró. “Tengo un bote resistente. Si no te importa mojarte, podemos intentarlo”.
La travesía fue una pesadilla. El pequeño bote saltaba sobre las olas negras, y el agua helada los empapaba. Eduardo abrazaba a Sofía, protegiéndola del viento. “Ya casi llegamos, mi amor. Mamá está cerca”. De repente, el motor del bote tosió y murió. Estaban a la deriva. Y detrás de ellos, el rugido de una lancha rápida se acercaba. Eran los hombres de seguridad de Los Reyes. “¡Arranca, maldita sea!”, gritó Eduardo, golpeando el motor con una llave inglesa. La lancha negra se acercaba, sus luces potentes cegándolos. “¡Papá, tengo miedo!”, gritó Sofía. Con un último intento desesperado, el motor rugió de nuevo. El pescador giró el timón bruscamente, metiéndose en un banco de niebla tan denso que era como una pared blanca. Perdieron a sus perseguidores por milagro y chocaron suavemente contra la arena de la playa de la isla.
Eduardo cargó a Sofía y corrió hacia el edificio principal, una estructura gris y lúgubre que parecía más una prisión que un hospital. Sabía dónde ir. Había memorizado los planos del archivo. Tercer piso. Ala Este. Entró por una puerta de servicio que forzó con una barra de hierro. Las alarmas empezaron a sonar. “¡Intruso en el sector 3!”, gritó una voz por los altavoces. Eduardo corrió por los pasillos blancos, con Sofía en brazos, ignorando a las enfermeras que intentaban detenerlo. Llegó a la habitación 312. La puerta estaba cerrada con llave. “¡Abran la puerta!”, gritó, golpeando la madera. Nadie respondió. Retrocedió dos pasos y pateó la cerradura con toda la fuerza de su desesperación. La puerta cedió.
La habitación estaba en penumbras. Sentada junto a la ventana, mirando la nada, estaba ella. Más delgada, pálida, con una mirada perdida que hablaba de años de soledad y medicación forzada. “¿Amelia?”, susurró Eduardo, con la voz quebrada. La mujer giró la cabeza lentamente. Sus ojos tardaron un momento en enfocar, como si no pudiera creer que lo que veía era real y no otro sueño inducido por las drogas. “¿Eduardo?”, su voz era un hilo de aire. Eduardo cayó de rodillas junto a ella, tomando sus manos frías. “Soy yo, mi vida. Soy yo”. Entonces, Amelia vio algo más. Detrás de Eduardo, una pequeña figura se asomaba con timidez. “¿Sofi?”, preguntó Amelia, y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos muertos, devolviéndoles la vida. “¡Mamá!”, gritó la niña, lanzándose sobre ella.
El abrazo de los tres fue tan intenso que pareció detener el tiempo. Pero la realidad volvió de golpe. Victoria apareció en la puerta, jadeando, acompañada por dos guardias de seguridad armados y el director del centro. “Se acabó, Eduardo”, dijo Victoria, con el maquillaje corrido y una mirada de locura. “No puedes sacarla de aquí. Legalmente está incapacitada. Es propiedad de la corporación”. “Ella es mi esposa, no una propiedad”, rugió Eduardo, poniéndose de pie y cubriendo a su familia con su cuerpo. “Sáquenlos”, ordenó Victoria a los guardias.
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