“Diane, has sido una compañía maravillosa. Pero ya no puedo vivir así. Me voy.”
El silencio era tan denso que podía oír los cubitos de hielo en los vasos. Nadie sabía si carraspear, decir algo o fingir que era una broma inapropiada.
Richard, sin embargo, no bajó el ritmo. Miró hacia la barra, y yo seguí su mirada instintivamente. Había una mujer allí, de unos treinta años, con una americana color crema entallada y un pelo impecablemente peinado. Sostenía el móvil en la mano como si ese momento le perteneciera.
“Estoy enamorada de otra persona. De alguien que me hace sentir joven de nuevo.”
Alguien en la mesa se quedó sin aliento, sorprendido. Otra persona susurró mi nombre, como si fuera una oración o un intento de ahuyentar la mala suerte.
Y entonces oí: aplausos.
No de desconocidos. No de visitantes al azar. De mis hijas.
Lena y Brooke aplaudieron con sonrisas que parecían alegría forzada. Era como si Richard anunciara unas vacaciones sorpresa, no que me arruinaría la vida. Las mejillas de Lena estaban sonrojadas, los ojos de Brooke brillaban, pero no había lágrimas en ese brillo.
Richard anunció su partida delante de todos.
Señaló a una mujer más joven que estaba de pie en la barra.
Leave a Comment