Jack dejó de tocar. El piano se había convertido en un recuerdo demasiado doloroso. Aceptó el primer trabajo que se le presentó, uno donde no le hacían preguntas. Podía perderse en el ritmo de los trapos, cubos y latas que se vaciaban.
Criaba a su hija solo. Cada centavo estaba invertido en su futuro. Cada sacrificio valía la pena.
Pero algo lo atrae a esta noche.
La niña al piano no tiene más de nueve años. Sus ojos no se fijan en nada: es ciega. Aun así, sus dedos se mueven con determinación. Toca de oído. Sin partitura. Sin profesor. Instintivamente.
Jack reconoce la melodía. «Clair de Lune».
Pero los sonidos son incompletos, desiguales, como un rompecabezas al que le faltan piezas.
La observa un momento y luego se sienta.
«Estás muy cerca», dice en voz baja. «Pero la música no se trata solo de las notas correctas. Se trata del espacio entre las notas».
La niña gira la cabeza hacia su voz. —¿Quién eres?
—Alguien que estaba jugando —responde—. ¿Cómo te llamas?
—Lily.
—Qué nombre tan bonito. ¿Vienes a menudo por aquí?
Asiente.
—Mamá trabaja aquí. Siempre está ocupada, así que solo espero y juego.
Jack nota una pulsera de plata en su muñeca. Dice:
—Escucha con el corazón.
—Es una pulsera única —dice.
Lily la toca con suavidad.
—Mi padre me dio esto antes de morir.
Jack no pregunta. Entiende la pérdida. Entiende la soledad.
—¿Quieres que te muestre algo? —pregunta.
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