“¿Quién es?”, preguntó Magdalena en voz baja.
“Esta es nuestra Alinka, una niña maravillosa, muy sensible y encantadora”, respondió la maestra.
Es ella. Debe ser mi hija, pensó Magdalena.
El amor mutuo y la necesidad de cercanía unieron a Magdalena y Alinka. Gracias a Alinka, el mundo de Magdalena cobró un nuevo significado. Consultó a los mejores médicos de Varsovia y le informaron que existía la posibilidad de recuperar la visión tras una cirugía especializada. Sin embargo, tendría que usar gafas.
Magdalena se aferró a esta esperanza. Antes de empezar la escuela, se sometió a una cirugía. Desafortunadamente, la visión de Alinka solo mejoró ligeramente. Los médicos le aconsejaron esperar un poco más antes de someterse a otra cirugía. Pasó el tiempo, y Magdalena crio a su hija con dedicación. Los negocios prosperaron y Magdalena se convirtió en una de las empresarias más destacadas de la capital, pero dedicó su vida exclusivamente a Alinka.
Alina creció hasta convertirse en una mujer hermosa y delicada. Se graduó de la Universidad de Varsovia, era inteligente y modesta, y ya trabajaba en el negocio de su madre. Magdalena observaba con preocupación el entorno de su hija, sin querer que nadie se aprovechara de su inocencia y talento. Si notaba algo sospechoso, dejaba claro de inmediato que allí no se ganaba dinero fácil.
Finalmente, Alina se enamoró. Magdalena conoció a su prometido, Paweł, quien parecía encantador y atento, así que no se opuso a la unión. Paweł le propuso matrimonio, los preparativos ya estaban en marcha y seis meses después de la ceremonia, se realizaría la cirugía definitiva y crucial.
Leave a Comment