Sofía bajó la cabeza.
—Lo siento… yo se las voy a pagar.
La risa se detuvo en seco. Doña Elena se enderezó, la miró fijamente y, por primera vez desde que la conocía, sonrió con orgullo.
—Pagar nada —dijo—. Una mujer que se levanta de madrugada, recién casada, para salvarle las gallinas a su suegra… esa mujer no paga nada.
Luego salió del cuarto, dejando a la pareja en shock. Desde el pasillo gritó:
—¡Pero eso sí! ¡Levántense ya! ¡Que el caldo de gallina no se cocina solo!
Sofía y Mateo se miraron, aliviados… sin saber que, desde ese día, Doña Elena jamás volvió a dudar de quién mandaba realmente en esa casa.
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