Ella asintió, agradecida pero desconsolada, y regresó a su pueblo.
A partir de ese momento, el dinero se retiraba de mi cuenta cada mes. No era una fortuna, pero para mí era sagrado: un ritual discreto que me permitía mantener un vínculo con mi esposa, incluso después de su fallecimiento. Transferir ese dinero era como una prueba de que seguía siendo un buen esposo, de que honraba su memoria.
Mis amigos dijeron que era hora de dar por finalizado el día.
“Roberto, han pasado años”, decía mi mejor amigo Jorge mientras tomábamos una cerveza. “No puedes seguir así. Esta mujer ya no es tu responsabilidad”.
“No se trata de ella”, respondía siempre. “Se trata de Marina”.
Lo que no había entendido era que el duelo, si no se procesa durante demasiado tiempo, acaba dando paso a la verdad y me destroza.
Todo cambió un martes como cualquier otro.
El banco me contactó, no para un extracto rutinario, sino por un problema. La sucursal local de Doña Clara estaba cerrada y necesitaban información actualizada para continuar con las transferencias. Intenté llamarla a su teléfono fijo. No había servicio. Intenté con el celular que le había dado. Saltó directo al buzón de voz.
Una extraña sensación me invadió; no pánico, sino algo frío. Una advertencia silenciosa.
Me di cuenta de que no había hablado con ella en meses. Solo breves agradecimientos.
Revisé mi calendario. Aún me quedaban algunos días de vacaciones. Las llaves de mi auto estaban sobre la mesa.
“¿Por qué no?”, pensé. “Iré a verla. Me encargaré personalmente del asunto bancario. Me aseguraré de que esté bien”. Quizás incluso visite los lugares donde creció Marina. Quizás eso finalmente me ayude a seguir adelante.
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