Aun así, su voz se quebró. “Lo están haciendo. Ahora mismo.”
Una pausa breve, pero fatal.
“Ya estoy afuera”, dijo. “No firme nada.”
Isabella levantó la vista.
El mayordomo apareció en la puerta, pálido y confundido. “Sr. Caldwell… hay un caballero en la puerta preguntando por la Sra. Hart.”
Margaret hizo un gesto de desdén con la mano. “Dígale que espere afuera.”
El mayordomo tragó saliva. “Señora… ha llegado con seguridad privada. Y tres abogados.”
La habitación se movió.
No era el silencio del control.
Era el silencio de la incertidumbre.
Pasos recorrieron el pasillo, medidos, deliberados, como si la casa misma tuviera que hacer espacio.
Y entonces entró.
Daniel Hart.
Sin manos manchadas de grasa. Sin camisa de trabajo. Sin excusas.
Llevaba un traje a medida que no proclamaba riqueza, sino que la exudaba. Detrás de él caminaban dos abogados con maletines como si llevaran tormentas enteras.
“Buenas noches”, dijo Daniel, con una voz tan tranquila que sonaba inquietante. “Parece que llegué a tiempo”.
Margaret se levantó, instintivamente ofendida. “¿Quién eres tú para entrar aquí como si fueras tuya…?”
La mirada de Daniel se dirigió a ella.
Sin ira. Sin dramatismo.
Solo esa mirada silenciosa que la gente da a las cosas que está a punto de quitar.
Luego se volvió hacia Isabella y su expresión se suavizó.
“Cariño”, dijo, “¿estás bien?”
Isabella asintió. Las lágrimas ardían, pero se negaba a dejarlas caer.
Edward intentaba reclamar su trono simplemente con su actitud. “¿Y tú…?”
Daniel puso una carta sobre la mesa, como si fuera el punto final.
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