Aquella boda dejó de ser lujosa.
Dejó de ser elegante.
Se convirtió en algo sagrado.
Los invitados comenzaron a aplaudir, entre lágrimas.
No celebraban una boda.
Celebraban un reencuentro.
Iktan tomó la mano de su madre.
Y la del hombre que acababa de llamarlo “hijo”.
Ya no había ricos ni pobres.
Ni diferencias.
Solo un susurro en el corazón del niño:
“Don Eusebio… ¿lo ves?
Ya encontré a mi mamá…”v
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