Empezamos a comer.
El sabor me parecía extraño; no estaba echado a perder, no era áspero, solo… soso. Lo atribuí a la fatiga. A la falta de sueño. A la ansiedad que distorsionaba mis sentidos.
Después de unos minutos, me costó sostener el tenedor. Sentía las manos pesadas, como si las estuviera levantando a través del agua. Intenté decirle algo a Evan, pero sentía la lengua torpe y las palabras se me desintegraban en la boca.
La habitación se volvió un torbellino.
Evan se frotó los ojos y se pegó a la mesa.
“Mamá… tengo mucho sueño…”
Julian se levantó demasiado rápido. Demasiado temprano. Su mano se posó en el hombro de su hijo con una suavidad aterradora.
“Estoy bien, solo cansado”, dijo.
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