SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

SE ESCUCHABA LLANTO EN LA PARED DE LA MANSIÓN — PADRE ROMPE EL YESO Y HALLA LO IMPOSIBLE

—No puedo explicarlo aquí… tenemos que hablar en privado…

Sebastián le bloqueó el paso.

—No vamos a ningún lado. Voy a sacar a ese bebé ahora mismo y voy a llamar a la policía.

Volvió al muro y comenzó a golpear con furia. Ya no le importaba el yeso. Ni los cuadros. Ni la mansión.

Solo el cuerpo pequeño que ya no lloraba igual.

Ahora el llanto era un gemido débil… como si se estuviera apagando.

Cuando la abertura fue lo suficiente, Sebastián metió el brazo con cuidado y levantó al bebé.

Y el mundo se rompió otra vez.

Era una niña.

Su cuerpo estaba peligrosamente delgado. Costillas visibles. Piel pálida. Ojos café profundo, vidriosos.

Y el olor…

Orina. Encierro. Negligencia.

Un olor que no debería existir en la vida de ningún bebé.

Sebastián apretó a la niña contra su pecho, intentando darle calor.

—¿Cuánto tiempo…? —susurró, mirándola con desesperación—. ¿Cuánto tiempo ha estado ahí?

Mariana no respondía. Solo lloraba.

Sebastián sacó el celular con la mano temblorosa y marcó 911.

—Emergencias, ¿cuál es su urgencia?

—Encontré un bebé… —Sebastián casi no podía hablar—. Estaba encerrada dentro de una pared en mi casa. Está hipotérmica, deshidratada… necesita ambulancia y policía. Ahora.

Hubo un silencio corto del otro lado, como si el operador dudara.

—¿Dijo… dentro de una pared?

—Sí. Y está viva. Pero no sé por cuánto tiempo.

—Unidades en camino. Manténgala caliente. No le dé agua ni leche por ahora.

Sebastián colgó.

Entró al cuarto de Matías, tomó una manta térmica de la cuna de su hijo y envolvió a la niña.

Ella se acurrucó instintivamente hacia el calor, como si su cuerpo supiera que por fin… por fin era seguro.

Sebastián volvió al pasillo.

Mariana seguía en el suelo.

—¿Cómo se llama? —preguntó él, con la voz rota—. ¿Cómo se llama esta bebé?

Mariana levantó la mirada, derrotada.

—Lucía —susurró.

Sebastián sintió una punzada en el pecho.

—Lucía… ¿qué?

Mariana tragó saliva.

—Lucía Mendoza.

Sebastián se quedó helado.

—¿Es mi hija?

Mariana cerró los ojos con fuerza.

—No… no es tuya.

Sebastián tembló de rabia.

—Entonces ¿de quién es y por qué estaba en mi pared?

Mariana respiró profundo, como si ya no pudiera seguir fingiendo.

—Es mía.

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