Se detuvo justo entre la puerta de Matías, a su izquierda, y la puerta del cuarto de huéspedes, a la derecha. Cerró los ojos para enfocarse. Pegó la oreja al yeso. Caminó tres pasos. Pegó la oreja a otra sección.
El sonido se hacía más fuerte justo en una esquina, a la altura de su pecho, donde dos muros se encontraban. Era como si alguien hubiera escondido una radio detrás del acabado, solo que no era un sonido electrónico.
Era demasiado humano.
Demasiado real.
—¿Sebastián? —la voz de su esposa llegó desde el extremo del pasillo—. ¿Qué haces ahora?
Él se giró.
Mariana Mendoza estaba ahí, con una bata de seda y el cabello impecable, incluso a esa hora. A sus treinta y dos años aún parecía salida de una portada: exmodelo, alta, elegante… pero últimamente su belleza tenía algo frío. Algo tenso. Como si estuviera sosteniendo una grieta por dentro.
—¿Lo escuchas? —preguntó Sebastián en un susurro urgente—. Mariana… el llanto viene de la pared.
Mariana soltó un suspiro largo, como si él fuera un niño inventando fantasmas.
—Es Matías. Obvio. Los monitores hacen eco. A veces parece que el sonido viene de otra parte…
—¡No! —Sebastián la interrumpió, con una paciencia que ya se le había deshecho en cinco noches sin dormir—. Ya lo revisé. Matías está dormido. Esto viene de adentro del muro. ¿No lo escuchas?
Mariana caminó hasta él. Sus pantuflas caras no hacían ruido sobre el mármol italiano. Se inclinó y pegó la oreja justo donde Sebastián señalaba.
Al principio mostró confusión.
Después… pánico.
Fue un destello mínimo, apenas un segundo, pero Sebastián lo vio. Fue como ver caer una máscara y volver a ponerse rápidamente.
—Debe ser la plomería —dijo ella demasiado rápido—. O… ratas. Las casas viejas…
—Esta casa tiene cinco años —cortó Sebastián—. La diseñó un arquitecto internacional. Costó cuarenta millones. No tiene ratas. Y la plomería no suena como un bebé llorando.
Mariana apretó los labios, incómoda.
—Sebastián, por favor… es tardísimo. Tengo junta mañana. Necesito dormir. Tú también. Ignóralo.
Sebastián la miró como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Ignorarlo? ¿Me estás pidiendo que ignore el llanto de un bebé… dentro de nuestras paredes?
El llanto subió de intensidad, como si el bebé hubiera escuchado voces y estuviera gritando más fuerte, rogando ayuda. No era un llanto de hambre común. Era un llanto de miedo… de dolor… de alguien que estaba llegando al límite.
Sebastián sintió un golpe de hielo en el estómago.
—Voy a romper la pared —dijo de pronto.
Mariana se quedó inmóvil.
—Bajo al garage, agarro el martillo y rompo esto hasta encontrar qué es.
—¡NO! —gritó Mariana, tan fuerte que hizo eco en el pasillo.
Sebastián se congeló.
Mariana parpadeó, como si se hubiera delatado. Se obligó a bajar el tono, pero ya era tarde.
—No puedes… piensa en el costo. Ese yeso es importado. Dos mil pesos por metro cuadrado solo el material…
—No me importa el costo —Sebastián la interrumpió, acercándose un paso—. Mariana… ¿por qué no quieres que rompa la pared?
—Porque… porque no hay nada ahí —dijo ella demasiado rápido, con la voz temblorosa—. Solo… no quiero que destruyas la casa por una tontería.
Pero Sebastián ya estaba bajando las escaleras.
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