Sophie siguió a la condesa fuera de la cocina, intentando mantener una postura impecable, tal como le había enseñado su abuela: «Si alguien te menosprecia, es solo porque eres más alta». Aun así, sentía el corazón latir con fuerza a cada instante, como si cada paso la acercara a algo irreversible.
El gran salón relucía dorado. Lámparas de araña de cristal iluminaban las paredes y el aire se impregnaba del aroma a champán y rosas blancas. Los lacayos se movían en silencio entre los invitados, y un cuarteto de cuerda tocaba Vivaldi suavemente en la galería. Todos esperaban el comienzo de la parte oficial.
De repente, la condesa Mathilde habló. Colocó su copa en la mesa en voz alta, y el gesto hizo que los invitados guardaran silencio instintivamente.
—Antes de empezar —dijo con frialdad—, me gustaría abordar el tema de la lealtad familiar. Algunos creen que basta con un vestido bonito y una sonrisa educada… —La mirada de la condesa atravesó a Sofía—. Pero el verdadero valor se demuestra con las acciones, no con la apariencia.
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