En las semanas que siguieron, nos quedamos juntas en la casa. No hablamos del piso. Ni de los zapatos. Ni de las risas. Hablamos de diseño. De arquitectura. De cómo los espacios pueden lastimar… o sanar.
Una tarde, ella se detuvo frente a la entrada. Observó el viejo tapete durante unos segundos, lo levantó y lo tiró a la basura.
—Quiero rediseñar este espacio —dijo en voz baja—. Quiero que al entrar, se sienta diferente.
Sonreí.
—Conozco a una arquitecta increíble.
Por primera vez en mucho tiempo, ella sonrió de vuelta.
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