Aprendí que el poder debilita, pero la verdad, no. Que la “heredera accidental” puede convertirse en la guardiana de la integridad. Que “La integridad es nuestra fuerza” no es un eslogan, sino un modelo de negocio. Y que a veces una llamada, una nota y una decisión —”Hoy empiezo”— pueden rescatar no solo la empresa, sino también el propio nombre.
Si hay un mensaje para cada mujer que se encuentra frente a la puerta cerrada de un tribunal: de ese silencio puede nacer una nueva voz. A veces, incluso la voz del director general. Y cuando finalmente habla, suena a libertad.
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