Elina cerró la puerta de la escalera sin mirar atrás. El aire fresco de la tarde le acarició suavemente las mejillas, pero por primera vez en años, no sintió culpa; solo una libertad tranquila e incierta, como una suave brisa que…

Elina cerró la puerta de la escalera sin mirar atrás. El aire fresco de la tarde le acarició suavemente las mejillas, pero por primera vez en años, no sintió culpa; solo una libertad tranquila e incierta, como una suave brisa que…

Elina cerró la puerta de la escalera sin mirar atrás. El aire fresco del atardecer le acarició suavemente las mejillas, pero por primera vez en años, no sentía culpa; solo una libertad tranquila e incierta, como una suave ráfaga de viento que aún no ha decidido si tiene la fuerza para convertirse en tormenta. Sus pasos resonaron en la acera adoquinada, pero se tomó su tiempo. Cada segundo que pasaba lejos de ese apartamento era un paso más cerca de sí misma, la mujer que había sido antes de convertirse en «la esposa de Lukas Bergman».

Al llegar a su coche, le temblaban ligeramente las manos. No de miedo, sino de la repentina y cruda sensación de libertad que la invadía. Abrió la puerta, dejó el bolso en el asiento del copiloto y apoyó la frente en el volante un momento. Una respiración profunda llenó sus pulmones de aire fresco y limpio.

«Esto es todo. De verdad que lo he conseguido», pensó.

Por primera vez, sus propias palabras no sonaron como una promesa aplazada.

Al girar la llave de contacto, su teléfono empezó a vibrar. El nombre de Lukas apareció en la pantalla. Alguna vez, ese nombre había sido un refugio, una alegría, una cercanía. Ahora, era solo el eco de una vida a la que no quería volver. Pulsó “Cancelar” sin dudarlo un instante.

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