Aarav Malhotra, un joven y carismático industrial, vivía en una lujosa finca enclavada en las colinas de Delhi.
Poseía tanta riqueza que nadie le decía nunca “no”.
Poseía negocios, coches caros, relojes de oro… pero le faltaba algo que el dinero no podía comprar: tranquilidad.
Tras una ruptura muy pública con su prometida, el corazón de Aarav se endureció. Ya no confiaba en la bondad humana. Creía que todos solo querían su dinero.
Entonces Ananya Sharma entró en su vida: una joven tímida y educada de 22 años, con ojos color miel y una voz extrañamente suave.
Llegó a Delhi desde un pequeño pueblo de Uttarakhand. Habiendo perdido a sus padres a temprana edad, este trabajo era su salvación.
El palacio le parecía un sueño: techos altos, alfombras gruesas, cuadros que valían millones.
Pero Ananya nunca tocó nada que no estuviera dentro de sus obligaciones.
Simplemente limpiaba, ordenaba todo a la perfección y siempre saludaba a todos con una amable sonrisa.
Al principio, Aarav no le prestó mucha atención.
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