Ni siquiera miré mi teléfono. Ya sabía lo que diría: confirmación de mi banco de que la transferencia de $300 se había realizado correctamente.
Destinataria: Doña Clara, mi exsuegra.
O mejor dicho, la madre de la mujer que había sido mi mundo entero… y mi mayor dolor.
Habían pasado cinco años, tres meses y dos días desde la desaparición de Marina. Nunca me había gustado hablar de su “muerte”, ni siquiera cuando la razón me obligaba. Para mí, no estaba muerta. Simplemente se había ido, dejando un vacío enorme en la cama y un silencio tan denso que resonaba en cada habitación de la casa que habíamos construido con tanta esperanza.
Dijeron que fue un accidente de coche. Marina iba camino a ver a su familia en un pueblo costero a seis horas de distancia. El informe policial fue breve. El ataúd llegó sellado, supuestamente porque el choque había sido demasiado violento. El funeral fue un desenfoque: rostros envueltos en dolor, brazos a mi alrededor, mientras yo no sentía absolutamente nada.
El recuerdo más vívido de ese día es el de Doña Clara —pequeña, frágil, temblorosa— abrazándome fuerte como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
En medio de este dolor compartido, hice una promesa.
Marina siempre se había preocupado por su madre. Viuda. Una pensión modesta. Mala salud.
“Si me pasa algo”, dijo una vez, medio en broma, “por favor, no la dejes sufrir”.
De pie junto a la tumba, con la tierra aún recién removida, le juré a Doña Clara que eso nunca sucedería.
“Yo te cuidaré”, le dije, con las manos temblorosas mientras le secaba las lágrimas. “Todos los meses. Para comida, para medicinas. Eso es lo que Marina habría querido”.
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