Mi hijo murió hace dos años. Anoche, a las 3:07 a. m., me llamó y susurró: “Mamá… ábreme. Tengo frío.”
A las 3:07 de la madrugada me despertó el sonido del teléfono.
No era cualquier tono. Ese timbre lo había guardado solo para una persona, el único nombre que todavía me dolía pronunciar en voz alta: Elías, mi hijo.
Abrí los ojos en la oscuridad y vi el brillo azul del celular sobre la mesita. La pantalla temblaba, o tal vez era mi mano.
“Elías ❤️”
Sentí que el pecho se me cerraba como una puerta oxidada. Me quedé sentada, inmóvil, con la boca seca. Elías había muerto hace dos años. Yo misma organicé una misa sin cuerpo, porque el mar no devuelve lo que se traga. Yo misma abracé su foto hasta quedarme sin lágrimas. Entonces… ¿por qué su nombre estaba ahí, llamándome en plena madrugada?
Contesté con un dedo torpe, como si el aparato quemara.
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