Lupita se quedó más tiempo del que pretendía.
El sol de la mañana ya estaba saliendo, y conocía las señales demasiado bien. Más movimiento. Más motores. Más riesgo. Si alguien la veía junto al refrigerador, surgirían preguntas, y las preguntas nunca terminan bien.
Entonces el hombre de adentro tosió de nuevo.
Fue un sonido agudo y hueco. Seco. Sin vida. Como si su pecho le rascara desde adentro.
Sus pensamientos se dirigieron a la botella de plástico guardada en su bolso. Media botella. El agua estaba tibia, casi desagradable, pero seguía siendo agua.
“No te muevas”, dijo en voz baja, con voz suave pero firme.
Daniel rió débilmente. “No creo que pudiera moverme ni aunque quisiera”.
Se arrodilló y deslizó la botella por la estrecha ranura. Él bebió despacio, deteniéndose con frecuencia, como si temiera que el agua desapareciera si se apresuraba. Cuando terminó, su mano permaneció en el agujero, temblando, no por el frío, sino por miedo a que se le escapara.
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