El millonario fue arrojado al río

El millonario fue arrojado al río

Gonzalo intentó respirar de nuevo, pero el agua fría le entró en la boca y la nariz. El mundo empezó a desdibujarse, todo se volvió lejano, irreal. Una imagen de la pequeña Cristina de hacía años —con coletas, corriendo por el jardín con su viejo reloj en la muñeca— cruzó por su mente. “¡Mira, papá, ahora soy como tú!”, rió. Esa niña ya no existía.

Si no fuera por el niño en la orilla, Gonzalo habría desaparecido para siempre en la oscuridad del Tajo.

Miguel tenía trece años, llevaba los zapatos demasiado grandes de su hermano y una mochila vieja con la cremallera rota. Había ido al río a pescar, aunque nunca había pescado nada. Vio algo —o a alguien— forcejeando en el agua. Al principio, pensó que era un perro. Pero entonces oyó un sonido áspero, como alguien intentando gritar bajo el agua.

No lo dudó. Se quitó la chaqueta y los zapatos y se zambulló. El agua estaba helada y le dolían los pulmones. Nadó hacia el hombre, cuyas piernas apenas se movían.

¡Aguanta! —gritó Miguel, incluso con la boca llena de agua.

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