Hille parpadeó un par de veces como si no hubiera entendido nada.

Hille parpadeó un par de veces como si no hubiera entendido nada.

Hille parpadeó varias veces, como si dudara si continuar o no.

“Mamá dijo que estabas… enfadada con nosotras”, susurró suavemente. “Y que necesitabas un tiempo… a solas”.

Sus palabras, aunque amables, la hirieron profundamente. Laura respiró hondo, intentando contener las lágrimas.

“No estoy enfadada contigo, cariño. Nunca. Es solo que… las cosas se pusieron difíciles entre tu madre y yo”.

Hille la miró con la seriedad de una adulta, a pesar de que solo tenía catorce años.

“Siempre puedes venir con nosotras. Quiero que vengas”.

Qué simple fue lo que dijo. Y qué difícil de creer.

Laura se acarició la cara y, tras un breve momento de conversación, se separaron. Pero ese encuentro la había conmovido y despertado otra pregunta. Una sola pregunta comenzó a martillar en su mente:

Si Marta no me quiere… ¿quién más me quiere?

Esa noche, Laura se paseaba por el apartamento, incapaz de calmarse. Ya no quería llorar. Estaba cansada de llorar. Quería comprender. Quería redescubrirse a sí misma.

En la mesa de la cocina estaban los cuadernos de terapia que había abandonado, frustrada, semanas atrás. Con vacilación, abrió uno. En la página, en letras grandes y temblorosas, estaba la frase:

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